10-11-2012 / Morelos 215

Morelos 215


Éste es mi único recuerdo de la casa que está en la calle Morelos número 215. 

Quisiera no tenerlo.

Recuerdo que era noche, hacía frío pero más hacía hambre. Había pasado toda la tarde tomando fotografías de la gente que disfrutaba el paseo que se había vuelto recorrer esa calle los sábados después de las 4 de la tarde.

Había sido un buen día en mi opinión. Fue entonces cuando tuve la brillante idea de preguntar "¿Qué podría salir mal hoy?"

Cuando terminé de decir eso, fue cuando la vi. La chica más hermosa que había visto en mi vida. Nunca había creído en el amor a primera vista hasta que sentí que mi corazón latía como si hubiera mordido un cable de alta tensión.

Estaba guardando en una caja las bolsitas con galletas que vendía afuera de Morelos 215. Después plegó la mesa que usaba para exhibirlas. 

Se veía fastidiada. Pensé que era porque no había vendido mucho; si bien había mucha gente en el paseo, pocos realmente eran los que compraban algo.

Al día de hoy sigo sin saber si fue el hambre o mi atrabancado corazón el que me hizo acercarme a ella y preguntarle el costo de una bolsita de galletas.

"20 pesos" me dijo sin voltearme a ver. Estaba terminando de contar el dinero que tenía en una pequeña caja metálica.

"¿Te puedo ayudar con eso?" pregunté.

Ella me volteó a ver fijamente por un momento con sus malditos ojos hermosos.

"¿Me quieres ayudar?" me preguntó de vuelta sin dejarme de ver.

Y yo, siendo el estúpido que soy, asentí sonriendo.

Abrió la puerta de la casa, que para ese entonces ya estaba siendo iluminada por el foco encima de ella. 

Juro que cuando tomé la fotografía, se veía amarilla. 

Le ayudé a meter sus cosas a la casa, me pidió que las pusiera dentro de un cuarto donde no había nada, o al menos no podía ver nada.

Acabé de meter todo mientras ella solo me veía. Debido a su silencio sepulcral, pensé que mi presencia era un problema. Fue por eso que cuando acomodé la mesa en el piso, decidí mejor retirarme.

"Listo, ya fue todo. Me paso a retirar, que teng..."

Antes que pudiera terminar la frase, se abalanzó sobre de mí y me dio el mejor beso en el que haya participado en mi vida.

Sin pensarlo dos veces, me dejé llevar. Fue el beso más apasionado e íntimo que haya recibido. Del tipo que te enjuagan el alma de todo ese tizne que la ensucia.

Abrí mis ojos para verla. A veces pienso que fue bueno que lo hiciera, a veces pienso que era mejor mantenerlos cerrados.

Ella me estaba viendo con sus ojos verdes, pero no eran los que me vieron afuera, estos eran ojos en llamas que lloraban sangre.

En ese momento fue cuando sentí que estaba perdiendo algo, no sabía qué, simplemente veía que me ponía gris de la piel.

Y entonces me aventó al suelo y su cara ya no era la que me cautivó, si no era gris pálida, con una boca enorme que alojaba filas de agujas rojas como dientes. 

No me dejaba de mirar, con esos ojos sin párpados que inyectaban pavor.

"¿No te dijeron que el diablo viene disfrazado de lo que más anhelas?" la escuché decir en mi mente pero con lo asustado que estaba, no pude siquiera pensar en la pregunta.

Cuando las llamas verdes la cubrieron por todo el cuerpo, el cuarto donde no había nada se iluminó y pude ver lo que realmente había en él: cadáveres grises colgando del techo y las paredes. Todos tenían pequeños huecos en diferentes puntos del cuerpo. 

Curiosamente, del mismo tamaño que el de las galletas.

También entendí porque no podía ver las paredes o el piso del cuarto en su momento, estaban pintadas en sangre. El origen de ella era obvio ahora.

Al mismo tiempo que vi el contenido del cuarto, pude ver una ventana que daba al exterior, hacia la calle Morelos.

Lo único que tenía disponible para romperla era mi cámara en el cuello. La única compañera leal que había tenido en lo absoluto.

Mientras que una parte de mí no quiso, mi instinto de supervivencia no lo pensó dos veces y mi cámara voló a través del espacio hasta romper la ventana. 

Ella gritó como si le hubiera clavado una estaca en el pecho.

Como pude me abrí paso entre los cadáveres, los cuales me intentaban sujetar y retenerme.

Cuando llegué al marco de la ventana, ella me sujetó del tobillo. Lo pude sentir porque quemaba. Todavía tengo la cicatriz.

"¿A dónde vas, miedoso?" me dijo en tono burlón. "¿Tienes miedo de que te guste?"

Antes de que pudiera decirme más, ya estaba en el piso de la banqueta, estaba lleno de marcas con sangre, y en eso se escuchó un grito de dolor y angustia dentro de la casa. 

Para mi "buena suerte", en la otra esquina estaba una patrulla de policía, los oficiales por supuesto escucharon el grito y corrieron en mi dirección.

Tomando en cuenta que difícilmente iban a creer mi relato, tome lo que quedaba de mi pobre cámara, me puse de pie y salí corriendo.

Lo único que recuerdo es que corrí sin detenerme y antes de darme cuenta, ya estaba en mi casa.

Entre a toda prisa y corrí al baño para lavarme la sangre, pero ya no estaba. 

No había nada. Estaba como si no hubiera pasado nada excepto el haber corrido como loco por la calle.

Días después imprimí las fotografías que tomé ese día cuando apareció ésta fotografía. La que se supone que era a color. En donde se supone que estaba la chica más hermosa que jamás había visto.

Nunca entendí lo que pasó o porqué pasó.

Lo único que entendí es no volver a pasar por enfrente de Morelos 215 y siempre recordar siempre que el diablo viene en forma de lo que más anhelamos.



Es lo que supongo que habría escrito ese hombre tan dulce de haber tenido la oportunidad. 

Ese hombre del que salieron las galletas más dulces que he vendido hasta ahora.

Las mismas galletas que la gente se pelea por comprar sin saber que el ingrediente principal, es secreto de la casa.

La casa de Morelos 215.

;-)

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